PRÓLOGO

Prólogo por Hodgkin

Crecí en Palencia, en las calles donde el frío calaba hasta los huesos, pero el hip hop nos mantenía en movimiento. El graffiti, el break, el rap y los platos girando eran más que una distracción: eran nuestra escuela, nuestra casa, nuestra voz en un mundo que pocas veces nos escuchaba. Aprendí a vivir entre muros firmados con nombres que parecían leyendas, trazos que contaban historias de noches sin descanso, de adrenalina y de respeto ganado a base de esfuerzo.

Durante años, vi en cada ciudad las firmas de una crew que admiraba, un grupo cuyos componentes estaban en los rincones más insospechados de España. Sus piezas eran más que colores en la pared: eran mensajes, desafíos, gritos de libertad. Nunca imaginé que un día cruzaría sus caminos.

Fue en un bar de Valladolid, en la presentación de un vídeo de Gorilas en la niebla, donde todo cambió. Fui solo, sin conocer a nadie, con la esperanza de ver de cerca a quienes había seguido durante tanto tiempo. Lo que no esperaba era que, en lugar de ser un espectador más, me acogieran como a uno de los suyos. Han pasado ya unos diez años. No era solo el graffiti lo que nos unía, sino algo más profundo: una forma de entender la vida, una manera de desafiar lo establecido y de dejar nuestra marca en el tiempo.

Llevo dieciocho años dentro de la cultura hip hop, aprendiendo cada día de sus valores, de la lealtad y del respeto que se forja en cada línea de pintura y en cada beat que resuena en las calles. Ser parte de esto no es solo pintar muros o contarle mis penas a un micro: es vivir con la certeza de que el arte puede ser resistencia, identidad y refugio.

El segundo día que estuve con ellos fuimos a una casa rural. Fue una noche de excesos, de risas y de secretos compartidos bajo un techo prestado. Recuerdo el jacuzzi, donde flotaban cogollos de marihuana y botellas vacías, reflejando las luces tenues del lugar como si fueran astros en un cielo líquido. Algunos apenas podían mantenerse en pie; otros hablaban de proyectos imposibles que, con el tiempo, terminaríamos haciendo realidad. Allí entendí que el graffiti no era solo pintar: era un pacto, una hermandad que no necesitaba palabras.

Hoy, al mirar atrás, no puedo más que agradecer. Agradecer por las madrugadas frías en las que corrimos juntos, por los muros que convertimos en historias, por cada línea que nos hizo sentir vivos. Agradezco haberles conocido y, sobre todo, su amistad, que sigue intacta a pesar de los años, como la pintura que resiste en la pared más castigada.

Gracias por seguir pintando cuando muchos se rindieron, por mantener vivo el espíritu de esta cultura que nos ha visto crecer y por demostrar que, más allá del tiempo y las ciudades, seguimos siendo parte de la misma historia.

CAPÍTULO 10

WOMAN DAYS

Ciao bambino! ¿Por qué me llegan cartas de Italia si no soy amigo de Giuseppe? Pues porque soy un gilipollas y me espera un juicio penal en la tierra de la pasta. Y no van a ver mi pasta, te lo aseguro.

Esto pasó hace años, hace unos cuantos, de hecho. Fui con la que era mi pareja entonces para que se pintara unos Trenitalia, hacer turismo, lo típico.

Las primeras noches todo salió genial: descubrimos buenos spots, pintamos líneas privadas, todo era jolgorio y alegría... hasta que...

Joder, en todas las historias hay un momento «hasta que...» ¿Por qué no hay historias de «y todo salió bien, fin»? Cómo nos gusta regodearnos en los marrones y en la miseria.

Bueno, a lo que iba, todo era jolgorio y alegría... hasta que fuimos a un spot que me conocía sobradamente; era para darle de día piezas de una hora. Yo entraba con una bolsa de deporte hasta arriba de pintura que me costaba andar con ella a rastras. Según entrábamos noté que un trabajador nos vio, pero joder, nos había costado esfuerzo llegar hasta ese sitio, así que el ansia habló por mí y decidí que tiráramos para adelante.

A mitad de la pieza pasó lo que tenía que pasar. Irónicamente, me estaba haciendo un panel en que las letras estaban dentro de unos carteles de SE BUSCA tipo western. Pues vaya si me buscaron... Estaba haciendo el fondo cuando oí gritos, miré hacia un lado y venían varios policías corriendo; miré hacia el otro y venían más. No había escapatoria y no iba a dejar tirada a mi compañera, así que decidí quedarnos y dialogar, a ver qué tal.

A ver qué tal.

Pues mal.

Hicieron fotos a las piezas, momento que aproveché para sacar una foto con mi querida cámara analógica soviética al policía haciendo una foto a mi pieza, una foto que jamás llegué a tener entre mis manos porque, obviamente, me confiscaron la cámara.

Nos llevaron detenidos a comisaría.

Me di cuenta de que no había limpiado la tarjeta de la cámara digital y llevaba fotos de todos los trenes de esos días... Dios, qué novatada... Creo que el siguiente capítulo lo dedicaré a enseñar a todos los chavales y chavalas a que no hagan novatadas con la cámara. Rollo tutorial del crimen fotográfico.

Al darme cuenta de eso me puse pálido y mi acompañante me preguntó qué pasaba. Se lo expliqué y le dije que, si veían esas fotos, estábamos perdidos. Habíamos atizado buenos paneles y líneas privadas. Dos noches de calabozo, marronaco y unos buenos golpes no nos los quitaba ni el Ave María. Ella empezó a encontrarse mal, estaba con la regla, así que decidí iniciar contacto con los policías con esto, a ver si le daban una aspirina o algo, a ver si había algún despiste y pudiera coger la cámara de la mesa... no sé en qué pensaba exactamente.

Me levanté, fui hacia ellos —que me miraron con la cara esta del emoji del WhatsApp que levanta una ceja— y les intenté explicar que ella tenía la regla y se encontraba mal. Mi italiano era inexistente y mi inglés, pues también; de aquellas no pilotaba nada y lo único que me salió decir fue: She woman days, mientras me señalaba la tripa.

Buah, she woman days. En mi cabeza sonaba espectacular. Quería decir algo rollo está en sus días de mujer, ¿sabes? Los policías se rieron y me dijeron algo que entendí muy bien aunque no supiera inglés: Es tu problema, es tu culpa.

¿Mi culpa? ¿Acaso soy la Pachamama, la Diosa Naturaleza o los putos glóbulos rojos del jodido Érase una vez...? Yo qué culpa voy a tener. En ese momento no lo entendí, al rato sí. No os la veis venir, hazme caso.

Volví hacia las sillas de los detenidos con ella y le dije que no había aspirina, que su menstruación era mi culpa.

Bueno, pues aquí empieza la fiesta. Toda la gente empezó a ser sumamente amable con nosotros. En serio: jodidamente amables. Si hacía quince minutos nos iban a meter en el calabozo, ahora estaban preguntándonos que qué tal; uno de los policías fue a un comercio cercano y ¡¡¡nos trajo de cenar!!!

Otro agente que nos custodiaba estaba intentando encender la cámara digital para ver las fotos y decidí jugármela, aprovechando el buen rollo que había. Le dije algo como: ¿Te ayudo a encenderla? ...y accedió a mi propuesta.

Me levanté, cogí la cámara y, de pie enfrente de él, la encendí, abrí la galería a todo correr mientras decía: A ver cómo era estooo... que la cámara es nueva, mmmm... y empecé a borrar fotos con la velocidad de un guepardo con hambre, tú. Se dieron cuenta de que estaba pasando algo y me quitaron la cámara corriendo, pero ya era demasiado tarde: solo quedaban fotos de turisteo de pareja. Misión cumplida.

El comisario, o el jefe de policía, o lo que sea de esa comisaría, nos metió a su despacho, el cual estaba presidido por una lámina de ACAB (os lo juro), y estuvimos hablando de la gastronomía local (chapurreando italiañol) y cenando con él. Mi chavala le pidió un cigarro y le cambió la cara, pero se lo dio. Nos miró como con lástima al darle el cigarro, como apiadándose de nosotros, y joder, ahí lo entendí todo: al decir woman days creyeron que estaba embarazada y por eso era «mi culpa», por eso nos estaban cuidando tanto. Te lo juro, fue como cuando llegas al final de una película y todo da un vuelco que no te esperabas y solo te sale decir: «Aaaaaaaah, jodeeeer, ahora lo entiendo!!»

Al acabar de cenar y de formalizar la denuncia citándonos a juicio penal, nos dijeron que no íbamos a ir al calabozo (¡por Dios, es una joven embarazada! ¡Y fuma! ¡Y hace graffitis! Demasiada ruina lleva ya, debieron de pensar). En vez de eso nos llevaron en coche patrulla hasta donde habíamos aparcado, porque estaba mazo lejos y no era plan andar tanto. Grandes. En verdad, estoy mazo agradecido.

No he vuelto a Italia desde entonces, pero me mandan muchas cartas y ninguna es de amor.

CAPÍTULO 14

ANTES MUERTO QUE SIN SILLA

Esto es spoiler porque el vídeo de Gorilas IV comienza con esta historia, pero primero te la lees y luego te buscas el vídeo y te lo catas conociendo la intrahistoria y nuestra imbecilidad.

—¿Nos hacemos un Gorilas en la ronda gigante?
—¿Cómo?, ¿en los paneles rugosos esos iluminados de mierda?
—Yes, sir.
—… Apestan.
—Yes, sir.
—Vamos.

Algo así debió ser la conversación; no me acuerdo muy bien. El resultado fue que mi primazo Bater y yo nos encontramos a punto de entrar en la ronda a hacer la pieza, calculando los paneles de pared rugosa infernal que pintaríamos por cada letra. Estábamos usando el Google Maps en el móvil para calcularlo bien, y fue entonces cuando nos asaltó la duda…

—Oye, ¿llegamos hasta arriba de la pared sin subirnos a nada?
—… Mierda, primer problema de la noche, y todavía no nos hemos bajado del coche.

Sé que en este punto a cualquiera se le ocurriría un plan menos rebuscado que el que se nos ocurrió (buscar un palé, cajas en la basura, piedras tochas, auparnos…), peeeero la idea que se nos ocurrió nos hacía gracia, y cuando algo nos hace gracia, amig@… no hay vuelta atrás. Prefiero no conseguirlo, pero fallar partiéndome la polla y contar una historia a mis colegas mañana, que lograrlo pero hacerlo sin pena ni gloria.

Aquí va nuestro plan de Oceans Eleven. Nos fuimos al Burger King. Era un sábado a las once de la noche, así que estaba a reventar de gente. Entramos, pedimos un par de no-sé-qué con queso y, según caminábamos por el garito atestao, cogimos una silla y nos fuimos tranquilamente hasta el coche.

En este punto tengo que remarcar que mi consejo para la vida es que, si haces algo, lo hagas con normalidad. Si vas a «robar» —coger gratis— una silla del Burger King, cógela como si fuera tuya y vete andando; incluso sujeta la puerta para que salga antes otra persona. Escucha: esa silla es tuya. La gente ni se va a rayar. Qué coño, te van a decir que te lleves dos.

Fuimos al coche, metimos la silla y nos volvimos al spot. Qué gustazo pintar con silla (por entonces no estaban tan de moda las escaleras telescópicas). Ahora sí, llegábamos hasta arriba y nos hicimos el Gorilas kilométrico bien a gusto (todo lo a gusto que te deja pintar una superficie de material ondulado, arenoso y hostil).

Al acabar, vimos la silla ahí, al lado de la pieza, poniéndonos ojitos. No podíamos abandonarla ahí, así que nos la llevamos de «fiesta»: nos la llevamos de ronda de bares a tomar unos buenos refrescos postpieza. Era una más del grupo: el Bater, yo y nuestra colegona, la silla del Burger.

Al acabar, ahí estaba la silla poniéndonos ojitos de nuevo. No podíamos dejarla ahí. Miramos la hora, y eran sobre las dos y algo de la mañana. Perfecto. La metimos de nuevo en el coche y volvimos al Burger King.

Era última hora; las personas que trabajaban allí estaban limpiando y recogiendo el local. Entramos con la silla de la mano, ante la mirada atónita de una trabajadora, y le contamos que habíamos visto a unos jóvenes vándalos hasta arriba de sustancias armando jaleo con la silla cerca de allí, y que al verla reconocimos que era del Burger, así que, en un acto heroico, la rescatamos para devolvérsela.

La mujer nos lo agradeció con una sensación de no entender muy bien lo que estaba ocurriendo, pero nos lo agradeció. Silla devuelta. Yo no robo: cojo cosas gratis.