PRÓLOGO

POR PEIBOL MÁRMOL

Siempre entendí la cultura Hip Hop como una gran historia de amor en la que, si quieres, te puedes conocer a ti mismo. La curiosidad, el arte, las fiestas y la gente me han ayudado a descubrir quién quiero ser, pero sobre todo la gente.

He perdido la cuenta de las veces que alguien me ha dicho: «Tienes que conocer a Random. Seguro que te cae que flipas», pero recuerdo perfectamente cuando Dani Mutt me dijo que tenía que conocer a Oba.

Oba tiene su estudio en el centro de Madrid, muy cerca de mi antigua casa. Era cuestión de tiempo que un día Dani nos juntase. Yo ya había visto sus obras en Instagram, pero desconocía su faceta de rapper y de divulgador Hip Hop. Sin embargo, él conocía perfectamente lo que yo tramaba en Solo Gozar. Era cuestión de tiempo.

Pocos días son tan felices como aquellos en los que logras juntar a un buen grupo de gente querida en torno a una mesa o en un bar. Y ya, si te dejan sacar las bebidas fuera, la experiencia sube más de nivel si cabe. Aquel día me encontraba yo en una situación como la que acabo de describir: rodeado de un ecléctico grupo de colegas, incluido el suegro de Dani, tomando dobles de cerveza, si no un vermut. Alternando cigarros con mordiscos a lo que iba cayendo de tapa. Entre tantas conversaciones hizo aparición Oba, de camino a otro sitio. No sé si fue Dani quien vio a Oba o al revés. El caso es que se paró con nosotros y nos presentamos. La ocasión no era la mejor para conocernos bien, pero tampoco la peor. Oba se marchó a hacer sus diligencias con la promesa de volver, y mi grupo y yo continuamos con la idea de celebrar.

Reconozco que me quedaría un poco a medias si no menciono los bares por los que pasamos aquella tarde, y considero bastante oportuno este momento —en el que el flamante autor de este libro está con sus quehaceres— para recomendaros la primera visita obligada. Cuando vivía en el centro me gustaba empezar las rondas en la Taberna Los Chanquetes, un bar con decoración taurina donde, que yo sepa, nunca han matado a nadie. No comulgo nada con esta tradición asesina, pero tengo mucho cariño a esta tasca. Suelen maridar tu primer trago con unas patatas revolconas acompañadas de sus correspondientes torreznos. Si te portas bien, puedes tomarte tu bebida en el poyete de fuera.

Continuamos. Una vez que Oba terminó aquello que fuese a hacer, volvió a nuestro encuentro para unirse a la compañía, la cual tenía como único objetivo ir tomando en diferentes bares de camino al Intruso Bar. Si ese día paramos en algún otro lugar antes de entrar en La Venencia, lo obviaré, ya que este garito no tiene comparación. Puedo afirmar que es mi sitio favorito de Madrid. Aquí despachan vinos sherrys de la manera más auténtica que te puedas imaginar. Puedes pedir por copas, medias botellas o botellas enteras; de manzanilla, fino, amontillado, palo cortado y oloroso (en orden ascendente de potencia). Aceitunas o cacahuetes con tu ronda, y aparte tienen chacinas variadas como ración. En La Venencia se puede viajar en el tiempo, en el sentido más literario posible. Con facilidad puedes imaginar cómo generaciones anteriores hicieron exactamente lo mismo que tú entre esas paredes: gozar fuerte. Recomiendo mucho ir a este entrañable lugar antes de que los guiris le arrebaten todo su encanto.

Como ya he adelantado, aquella jornada acabó en Intruso Bar, un club de música en directo en el que nos tratan muy bien. Entre semana suele haber jams a partir de las once de la noche y me gusta pasarme cuando puedo. Fue entonces cuando tuve ocasión de hablar más rato con Oba y así confirmar que esto tenía que pasar. No es complicado llevarse bien con Oba porque es un majazo al que le encanta la gente. A mi entender, requisito indispensable para durar mucho en esta cultura que tanto amamos. Si luego ya eres muy bueno en lo tuyo, lo tienes hecho.

Si hubiese que definir la obra de Oba en una frase, sería algo así como: «Convertir basura en arte». Como si de una varita mágica se tratase, los rotuladores transforman un insignificante desecho en algo único. Y no solo hablo de la pieza, también de la experiencia en sí misma, que hace gozar a su autor, a las personas que contemplan en directo el proceso y, por supuesto, a aquel que se lleve la obra a casa. Efectivamente, el encuentro de Oba con la basura no es pintar y punto, va mucho más allá. Todo esto va aderezado con unos buenos paseos urbanos y con una mirada activa, pendiente del medio. Cuando una persona que no es Oba se desplaza de un punto A a un punto B, seguramente intente optimizar el trayecto con algún atajo o ponga una velocidad de crucero que haga de la ruta un mero trámite. Pero Oba no. Él ojea cada bocacalle, cada container y cada cubo en busca de su postre. Por supuesto, no le veo capaz de salir a la calle sin sus rotuladores. Sin duda, el autor de este libro entiende cada salida como un safari, con sus carabinas cargadas de tinta a la caza de nuevas presas. Yo no he leído este libro en el momento de escribir este prólogo, pero estoy seguro de que recorrerás Madrid a través de los ojos de un completo enamorado. Obtendrás una perspectiva distinta de las calles y de lo que hay en ellas.

Para terminar, quiero hablar brevemente de mi relación con Oba. No encontré un compañero en toda mi trayectoria en la cultura Hip Hop con el que me entendiese tan bien. El amor y la comunicación son su firma, que lo mejora todo. Descanso sabiendo que tengo en él a un soci con el que alcanzar cada objetivo que nos pongamos. Le considero tan Solo Gozar como yo. La cultura es nuestra.

Y ya, como guinda, el tipo es del Barça: le amo.

Tienes en tus manos un ladrillo más de la cultura que tanto amamos; léelo para transformarlo en arte, al igual que Oba hace con los tablones de la calle. Gracias a Ediciones Fatcap por darle vueltas a la rueda y a Oba es muerto por lo que nos queda.

INTRODUCCIÓN

Cuando Ediciones Fatcap me propuso escribir un libro, no tuve que pensarlo mucho: les dije que no. No veía cómo podía encajar en un catálogo de biografías de escritores de graffitti con décadas de misiones a sus espaldas que se jugaban su libertad cada vez que pillaban un bote. Ellos tenían recorrido, estatus e historias que contar; yo no tenía ninguna de las tres, tan solo me dedicaba a pasear y a pintar basura. Desde la editorial insistieron y cuando les comenté mi punto de vista me dijeron que no tenía que mirarme en ningún espejo, que podía hacer lo que quisiera. Sin mucha convicción, les comenté que tenía una idea para un proyecto, pero que aún no sabía en qué formato la iba a desarrollar: una compilación de paseos por Madrid pintando basura y analizando distintos barrios de la capital. Me dijeron de inmediato: «Adelante con ello», y acabaron convenciéndome.

Durante muchos meses intenté escribir un libro de paseos donde las calles fueran las únicas protagonistas y donde no tuviera que hablar de mí. La idea de involucrarme personalmente en el texto me causaba rechazo e incluso temor; la gracia de tener un alias es, precisamente, crear distancia entre la persona y el personaje, pensé. Tras muchas pruebas, vi que era imposible escribir algo así sin inmiscuirse personalmente. Era mi mirada sobre la ciudad contada en primera persona: ¿cómo pretendía que no fuera personal? Cuando lo acepté, no solo empecé a disfrutar más del proceso, sino que mis textos empezaron a estar cargados de algo que antes no tenían: verdad.

Al seguir esa brújula, de repente me vi escribiendo sobre mi vida, mi relación con el dibujo y con la cultura Hip Hop de una manera no premeditada. En cuanto dejé que la verdad me atravesara, entendí que no tenía que hacer otra cosa que dejarla salir, y la vergüenza y el miedo al ridículo se esfumaron.

Este es un libro de paseos por Madrid y por mi vida. De cómo llegué a crear a Oba es muerto y a descubrir una ciudad desde la basura; de cómo intento, cada día, aprender a habitarla. Espero que lo disfrutes.

CAPÍTULO 1

QUÉ PESADOS CON MADRID

Nunca pensé que viviría en Madrid. Pasé muchos años de mi vida sintiendo más bien antipatía por la ciudad. Era un lugar que salía en el telediario hasta el hartazgo y lo percibía como un planeta habitado por extraterrestres que nada tenían que ver conmigo. Estaba ahí y ya está. He de admitir que mis gustos futbolísticos tampoco ayudaban a que me pareciera un lugar atractivo, y creo que durante algún tiempo viví con la idea de que debía de estar lleno de hooligans en busca de bronca.

Conservo unos pocos recuerdos muy concretos de la primera vez que estuve de visita. Yo debía de tener unos cinco años y vine con mis padres, mis tíos y mis primos. Era invierno, las calles estaban llenas de luces y todo me pareció enorme, como hecho a otra escala. Visitamos el zoo, pero lo que más nos gustó a mis primos y a mí fue comer en un VIPS, con esos asientos acolchados de cuero rojo, y dormir en un hotel; nos pareció la bomba. La segunda vez que vine fue con unos quince años. Para entonces ya me sabía el Madrid Zona Bruta de cabo a rabo y había puesto en stand by los prejuicios adquiridos por el fútbol. Vine con mi prima Águeda unos días, aprovechando que sus tíos vivían en el distrito de Fuencarral, y nos hospedaron en su casa. Aunque era diez años mayor y ya no tenía la sensación de que todo estuviese hecho a otra escala, la ciudad me siguió pareciendo enorme. Me llamó mucho la atención que tuviéramos que pillar un tren de cercanías para desplazarnos. Yo entendía que el metro era lo propio de las grandes ciudades, ¿pero un cercanías? Qué locura. Estuvimos dos o tres días en los que hicimos las visitas de rigor al Museo del Prado, El Retiro, la Puerta del Sol y otros lugares icónicos, aunque lo que recuerdo con más cariño de esas vacaciones no tiene que ver con la ciudad como tal, sino con la experiencia en sí: viajar con mi prima, las pelis que vimos por la noche y, sin duda, los desayunos copiosos con huevos revueltos y «salchichas» que preparaba Juanjo. Fue ahí cuando descubrí que en Madrid llamaban salchichas a las longanizas, algo que me parecía sacado de una película americana.

Un día íbamos mi prima y yo por la calle Preciados con un calor sofocante y dos chavales se acercaron para decirme que les molaba cómo iba vestido y me preguntaron si sabía dónde había tiendas de «ropa rapera». Yo llevaba unos pantalones And 1 y unas Adidas Superstar que solo me quitaba para dormir. La única tienda que yo conocía era Broncoestilo y sabía que estaba en la calle Fuencarral porque El Meswy lo decía en una canción, pero no tenía ni idea de dónde quedaba esa calle. Aun así, les brindé la información y quedé como un experto cuando no lo era. Fue una pequeña inyección de ego: ahí estaba yo, en Madrid, con pintas de rapero adolescente y dos chavales se habían fijado en mi rollo. Parecía que, efectivamente, en Madrid no solo había hooligans.

La siguiente vez que estuve en Madrid fue en un viaje relámpago y viví una situación bastante estrafalaria. Mi tío, mi primo y yo fuimos a El Corte Inglés de Goya para comprar una cámara de fotos. El dependiente nos estaba enseñando algunos modelos cuando alzó la vista por encima de nuestro hombro y, de repente, se puso pálido y nos dijo: «Discúlpenme». Salió escopeteado y nos miramos desconcertados ante esa huida repentina. Entonces nos giramos y vimos a la infanta Elena sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, en medio de la planta de electrónica. A una distancia prudencial había varios guardaespaldas que iban vestidos de traje negro, con gafas de sol y con pinganillo, igual que en las películas. El dependiente tránsfuga se le acercó y recuerdo exactamente las palabras que intercambiaron:¡

—Pero, alteza, por favor, ¿qué hace sentada ahí en el suelo? —dijo él, más blanco que Casper. —Es que estoy cansada —respondió la infanta entre risas.

A los pocos segundos apareció otro empleado con un taburete y la infanta lo colocó en el mismo punto, en medio de la planta, y se quedó ahí sentada un rato. Yo no entendía nada. Seguramente nadie entendía nada. Esa fue la primera persona famosa que vi en Madrid. Y, por cierto, el dependiente volvió y acabamos comprando la cámara.

Iba creciendo y, aunque Madrid seguía siendo un lugar lejano del que hablaban demasiado en la tele, ya no lo veía como otro planeta habitado por extraterrestres. Así que cuando tuve que elegir una empresa para hacer prácticas de la carrera y vi que la más interesante estaba ahí, decidí echar la solicitud y me aceptaron. Solo duraban un mes, algo que me pareció una ventaja en principio, pero, ay, pobre de mí, que no sabía lo difícil que era encontrar una habitación en Madrid, y más para tan poco tiempo. Me puse a buscar sin tener ni idea de cómo se buscaba. No conocía a nadie que me pudiera echar una mano con el boca-oreja y no encontré ningún piso compartido que tuviera disponibilidad. Empecé a mirar residencias y la situación tampoco era halagüeña: era el mes de abril y estaban todas llenas de estudiantes que vivían ahí durante el curso entero y, además, yo no estudiaba en ninguna universidad de Madrid como para justificar mi estancia, lo cual lo complicaba todo más. Era un percal. Finalmente, una residencia por la zona de Cuatro Caminos accedió a ser flexible y conseguí una habitación.

Nunca es lo mismo visitar un lugar que vivir en él, para lo bueno y para lo malo, y aunque fuera durante un período tan corto de tiempo, lo que yo iba a hacer era vivir. Las prácticas empezaban un lunes y llegué el domingo casi que para irme directo a la cama. Al día siguiente, me levanté temprano y me fui a la parada de metro de Cuatro Caminos. Eran las ocho de la mañana, estaba abarrotada de gente sudando como pollos y me entró un agobio increíble mientras me transformaba en otro pollo más. Mi destino final era la parada de Alfonso XIII. Cuando llegué a la empresa me topé con una situación inesperada: todos los trabajadores estaban en la calle porque se había ido la luz en el edificio. Me identifiqué como buenamente pude y alguien me dijo que lo más seguro era que no se arreglara en todo el día, que mejor me fuera. Vaya con Madrid, pensé. Menuda diferencia entre visitar y vivir: el alojamiento, el metro a reventar, cortes de luz… Emprendí la retirada, sin saber muy bien hacia dónde, y al doblar la esquina vi un bar y decidí entrar a desayunar. Me pedí un zumo de naranja y una tostada con tomate. Era lunes.

A la mañana siguiente volví a sudar como un pollo, pero fui con algo más de tiempo para desayunar en el bar del día anterior. Me pedí lo mismo y de ahí a las prácticas: por fin había luz. Al día siguiente volví a desayunar ahí. Y al otro. El viernes, al entrar por la puerta del bar, el camarero me vio y, sin mediar palabra, me sirvió un zumo de naranja y una tostada con tomate.

Guardo ese gesto, que puede parecer una tontería, como el primer momento en el que me sentí acogido por Madrid. Había entrado en ese bar el lunes y el viernes ya me reconocían como cliente habitual. Quizá cabe pensar que hizo lo que haría cualquier camarero avispado y que no es para tanto, pero yo lo sentí como una bienvenida. Como si me dijera: «Pasa, que ya eres de aquí». Tanto así que todos los días laborables desayuné ahí.

Durante esa estancia pasé la mayor parte del tiempo trabajando, porque a fin de cuentas para eso había ido, pero aproveché para andar mucho. La mejor manera de conocer un lugar es patearlo, o al menos eso es lo que se ha hecho siempre en mi casa. Cada día, concluida la jornada de trabajo, escogía una dirección y echaba a andar. Y aunque cuatro semanas no es demasiado tiempo, me deleité con largos paseos. Recuerdo un día en el que, recién salido de las prácticas, vi unos metros por delante a Swan Fyahbwoy y a Darmo. Por aquel entonces yo editaba un fanzine de Hip Hop junto a unos amigos llamado Primera Plana y siempre llevaba algún número encima. Me acerqué y los abordé, porque a Swan lo había conocido en persona brevemente en un concierto que había dado en Valencia unos meses antes. Les di un par de números y me quedé muy sorprendido por la naturalidad y la cercanía con la que trataron a un chaval de provincias que, de repente, les asaltaba con unas revistas. Iba viendo que Madrid tenía un desparpajo cálido.

Precisamente por la labor con Primera Plana también pude acudir a unos conciertos de Hip Hop en Vistalegre durante esa estancia. Mi buen amigo Mose se vino el finde y nos fuimos para el evento mano a mano. La gente que es de Madrid tiene bastante naturalizado poder acudir a conciertos todo el rato y ver a sus artistas favoritos, ya no solo en el escenario, sino tomándose una cerveza a su lado. No era mi caso en absoluto, y uno de los recuerdos que tengo de ese día fue poder echarme una foto junto a Kami, de CPV, una auténtica leyenda.

Entre paseos, sudor en el metro y Hip Hop, fui descubriendo un Madrid que iba más allá del que salía en las noticias y del fútbol. Un lugar que, pese a su inmensidad, ofrecía calidez. Ya no me resultaba tan descabellada la posibilidad de formar parte de ese laberinto donde las longanizas eran salchichas y donde podías encontrarte a la infanta Elena en El Corte Inglés. Pero solo eran ideas que se me pasaban por la cabeza tras un mes de prácticas; todavía tenía mucho que hacer en otros lugares y aún tenían que pasar muchos años hasta que pudiera llamar a Madrid hogar.