PRÓLOGO

POR GARBAN VENDETTA

Andrés y yo nos conocimos hace más de 45 años, media vida. A esa edad solo pensábamos en el parque, los columpios, el bocadillo de Nocilla y ese momento del día que te duplicaba la felicidad. Nuestra única preocupación era jugar, y queríamos salir del cole para hacerlo. Arrancaban los 80 y apenas teníamos 5 o 6 inviernos.

Los años pasaron y, tras una década prodigiosa, nuestra visión de la vida cambió. Ya no queríamos jugar: teníamos otras necesidades, otras maneras de ver las cosas. Inquietudes.

No había redes ni móviles ni ordenadores. Nuestra forma de comunicarnos era otra.

En aquel Madrid, los muros hablaban. No con palabras suaves, sino con gritos de color y firmas que eran más que nombres: identidad, protesta y territorio. Eran los 90, y en el barrio del Pilar, una banda de graffiteros llamada los Vendetta decidió hacerse ver. Todo empezó en un callejón sombrío de la calle Ponferrada, aunque cada uno ya se había ido dejando ver por su cuenta.

Toro, Dal-13, Stick, Tiri, Smak, Horror, Chete, Foxi, Kongui, Bufón, Fley, Garban, Daniel, los Yeti, los Jodías y SBI: algunos de los que iniciamos aquella revolución en la zona norte.

No éramos artistas de galería. Éramos chavales con hambre de calle, con sprays en la mochila y el corazón al ritmo de los trenes, y el metro era uno de nuestros lugares favoritos. Toro —así le llamábamos— era el más incisivo, el más audaz dejando su sello por todas partes. También daba color a un Madrid gris… Un líder sin pretensiones, imparable. Siempre con bocetos, buscando el lugar perfecto para que su firma quedara en los sitios más transitados sin que nadie le viera: pura adrenalina. No pintaba por moda, sino porque lo necesitaba; era su forma de respirar. Y 35 años después, sigue igual.

Los Vendetta no solo dejábamos huella en muros, persianas y vagones. También en las esquinas donde se cocinaban las movidas, en los parques donde nacían alianzas, en las noches donde se decidían objetivos y planes para hacernos respetar. La heroína quemaba a otra generación y otras drogas rondaban nuestros entornos, pero nosotros nos expresábamos de otro modo. Las peleas eran parte del juego. Dominar tu barrio era proteger lo que sentías tuyo. Y nos sentíamos reyes. Reyes sin corona, pero con nombre, firma y respeto.

Este libro no es solo la historia de Toro: es la historia de una generación que encontró en el spray una forma de existir. También es un ajuste de cuentas con falsos, con los que se subieron al carro tarde, con quienes olvidaron de dónde venían y con quienes se perdieron por el camino.

A estos últimos, un recuerdo especial: el lugar en el que naces es donde te haces, y fueron tiempos duros. Un abrazo para todos, donde estén.

Me llamo David, aunque entonces me conocían como GARBAN, ITO o SBI, según el muro y el mensaje. Fui testigo de cada trazo, de cada huida, de cada situación peligrosa, del sentimiento de hermandad y de una nueva forma de comunicar y de ejercer poder.

Por eso, cuando Toro —Andrés— me pidió estas líneas, supe que no era un favor, sino un honor. Aquí hay lealtad, noches largas, verdades incómodas y arte callejero. No todo lo que brillaba en Madrid era oro, pero con un Novelty en la mano cualquier muro brillaba.

Así que abre estas páginas con los ojos bien abiertos. Aquí no hay filtros: solo verdad, pintura y memoria, y una generación que encontró otra manera de expresarse.

Este prólogo no pretende explicar el libro, solo abrir la puerta a un mundo donde la pintura era grito y la calle, hogar.

Garban Vendetta

INTRODUCCIÓN

Si me preguntaras qué es para mí el graffiti, te diría que entre las páginas de este libro tienes la respuesta. Tienes que leerlo.

Es increíble todo lo que se te pasa por la cabeza cuando empiezas a escribir un libro. La cantidad de recuerdos y anécdotas guardados entre las neuronas que te vienen a la memoria. Rescatarlo todo es una misión casi imposible, que además hay que procesar, analizar y ordenar para que tome forma.

Dicen que en la vida hay que hacer varias cosas antes de morir, y una de ellas es escribir un libro. Plantar un árbol es muy fácil: te vas a un centro de jardinería, compras un arbolito y lo plantas en cualquier sitio. Tener un hijo es más complicado, y en mi caso vinieron repetidos. Y por último, escribir un libro… que yo ya lo estoy haciendo. La vida son dos días, y uno de ellos ya lo he vivido. Por eso quiero aprovechar al máximo lo que me quede, dejando mi árbol plantado, mis hijos ya criados y mi libro escrito. Así ya puedo morirme tranquilo.

Este libro me ha devuelto a mi infancia y a mi adolescencia, a la vida misma, cuando descubrí que mi mayor debilidad era pintar. He retrocedido al pasado en mi particular máquina del tiempo. Te vas a sumergir en un mundo que nunca volverá. Incluso en algún capítulo del libro te sentirás el protagonista, por situaciones que viviste de forma parecida y que te gustaría repetir. Ese es el objetivo de mi historia: regresar al pasado montado en un DeLorean.

He recordado temas delicados e íntimos que pocas personas sabían. De todo se sale: si te caes cincuenta veces, te tienes que levantar otras cincuenta. He hablado sobre los lazos de amistad que se crean cuando compartes con gente el graffiti, los gustos musicales y las experiencias vividas en las fuerzas armadas. También sobre los malos momentos que pasas cuando la salud no te acompaña, y las buenas experiencias de las salidas nocturnas. Se podría resumir en esos aspectos, pero esto es solo un aperitivo: el resto lo encontrarás cuando empieces a leer el primer capítulo.

Con el graffiti llevo casi cuarenta años. Es un matrimonio sin fecha de caducidad, donde nunca hemos tenido una discusión ni un enfado. No me ha regañado si llegaba tarde, si estaba con mis amigos o si roncaba al meterme en la cama. Al contrario: me ha dado alegrías, me ha hecho sentirme como un niño y disfrutar de espacio y libertad. Seguro que cuando escuchas la palabra graffiti la relacionas con vandalismo. Espero que, cuando termines de leer mi libro, pienses que estabas equivocado. Descubrirás el lado humano que hay en mi interior y, cuando veas un graffiti mío en algún lugar perdido, sacarás una sonrisa.

«Cuando pintas te sientes vivo… y por un momento te olvidas de que eres masa.» ¡Qué razón tenía Muelle! Así me he sentido yo siempre, y me moriré respaldando su frase. Además, en mi libro no podía olvidarme del pionero del graffiti en España. Un referente, un ídolo y un ejemplo a seguir.

Desde el alma no es un libro sobre graffiti en sí, sino un cúmulo de todo lo que me ha pasado en la vida. Con sus cosas malas y no tan buenas que, en conjunto, no cambiaría por nada.

Redactando estas líneas he tenido episodios de alegría y de tristeza. Todo lo que cuento es verídico. Las personas de las que hablo han sido informadas y no las pongo en ningún compromiso. Si quieres saber algo más sobre mí, te gusta el graffiti y te quieres reír un rato, este libro será un espacio de desconexión.

Por último, quiero deciros que todas las vivencias están contadas desde el alma y que mi único objetivo con este libro ha sido poder expresar lo que se siente cuando se hace y se vive el graffiti.

CAPÍTULO 1

MI INFANCIA

Nací en La Paz; dicen que es el mejor hospital de Madrid y, posiblemente, de España.

Mi infancia transcurrió de una manera natural y sencilla. Crecí en el barrio del Pilar, una zona situada al norte de Madrid, dentro del distrito de Fuencarral-El Pardo. Según tengo entendido, el barrio empezó a construirse a principios de los años sesenta. El promotor fue José Banús, el mismo que levantó el famoso Puerto Banús de Marbella. Cuentan que el nombre del barrio se debe al de su mujer.

Era un barrio obrero en la época en que yo crecí. Recuerdo que no todo estaba asfaltado y que muchas de las plazas entre los edificios eran de arena. Allí jugábamos a todo tipo de cosas —fútbol, chapas, canicas, baloncesto, béisbol— y a cualquier otro juego propio de aquellos años. Lo normal era crecer como un niño: en la calle, desarrollando la imaginación.

Mis padres, por entonces, estaban todo el día fuera de casa. Mi madre trabajaba por la mañana, de siete a dos, y mi padre por las tardes, de tres a diez de la noche. Es decir, siempre estaba con alguno de los dos.

Mis abuelos vivían en el portal de al lado y, cuando no estaba con mis padres, me iba con ellos a comer e incluso me quedaba a dormir. Todas esas cosas hoy casi han desaparecido. Los vínculos familiares ya no son tan estrechos como antes. Recuerdo las reuniones con mis primos, que eran casi semanales. Los fines de semana los pasábamos en cualquier piscina de la Comunidad de Madrid, en el campo, en La Pedriza o en las típicas celebraciones de bautizos, comuniones y bodas.

Fui creciendo y mi única obsesión era bajar a la calle a jugar con mis amigos. Era lo que más me gustaba. Solo quería estar con ellos y disfrutar. No me daba cuenta de lo que pasaba alrededor, aunque sí recuerdo que la gente pasaba mucho tiempo en los bares, sobre todo los fines de semana. Aquellos domingos interminables en los que los padres bajaban a tomar el aperitivo sobre las doce del mediodía y ese día se comía más tarde de las tres.

Eran otros tiempos. Los padres intentaban pasar el rato con otros matrimonios y desconectar del trabajo. De lunes a viernes solo se dedicaban a trabajar. Era raro hacerlo los fines de semana, aunque mi madre sí trabajaba los sábados por la mañana, porque era necesario para la economía familiar. Mi padre, a veces, hacía horas extras cuando no se llegaba a fin de mes, aunque en casa nunca faltó comida en la nevera.

En aquella época, la peseta —la moneda que utilizábamos— rendía mucho más que el euro actual. Antes, con cinco mil pesetas se podían comprar muchas cosas en el mercado, salir de juerga los fines de semana o ir varias veces al cine. Con cien pesetas podías ir al McDonald’s y comprarte un menú infantil. Imaginaos ahora: con unos sesenta céntimos, que equivaldrían a esas antiguas cien pesetas, hoy no te compras más que una pequeña bolsa de chucherías… y gracias.

A principios de los años ochenta, cuando en Madrid empezó lo que se llamó la movida madrileña, comenzaron a aparecer otros problemas en la sociedad, como la maldita droga. Notaba que la gente fumaba mucho; cuando pasabas junto a un grupo, ese olor característico de los porros se quedaba grabado.

Solía pasar por el bar de la esquina —que todavía se llama Bar Flores—, situado en la calle Ponferrada, donde yo vivía. Allí se reunía lo peor de cada casa. No tenía ni idea de lo que se cocía allí, pero recuerdo que había una planta baja con un billar americano y una diana para jugar a los dardos. Mi padre me decía:

—Andrés, si bajas al servicio, avísame, que yo te acompaño.

No entendí por qué me decía eso hasta que fui mayor y comprendí que allí la gente se pinchaba heroína y fumaba base, algo tristemente habitual en aquellos años. Por entonces —sobre 1980 o 1981— tenía seis o siete años y empezaba a tener memoria de esas cosas, aunque no las entendiera del todo

Quiero ir contando más curiosidades de aquella época para que la gente más joven pueda entender todo lo que ha avanzado la sociedad y la tecnología, que entonces era casi inexistente. No había móviles, portátiles, tabletas ni ningún otro aparato electrónico. Solo existían las cadenas de música compactas, y era impensable que alguien tuviera un reproductor de vídeo en casa.

Salieron tres sistemas de vídeo: el Beta, lanzado por Sony en 1975; el VHS, que apareció en 1976; y el sistema 2000, que llegó al mercado en 1979. Todos los que vivimos esa época tardamos mucho tiempo en tener uno. Mi padre, muy aficionado al cine, pudo años más tarde comprarse un Sony Betamax que le costó ciento sesenta mil pesetas, lo que entonces era un lujo. Lo tuvo que pagar a plazos —unas diez mil pesetas al mes—, pero era una maravilla poder ver una película en casa. Recuerdo bajar al videoclub para coger películas de la época. Conseguir los estrenos era casi imposible: aunque no había mucha variedad, la gente los reservaba y había que esperar varios días.

El año 1982 fue muy particular. Se celebró en España el Mundial de fútbol. Yo jugaba mucho; es decir, a darle cuatro patadas a un balón de cuero o, con mucha suerte, de reglamento. Por entonces se usaban los balones de la marca Mikasa, que más que balones eran armas homicidas. Si te daban un balonazo en cualquier parte del cuerpo, tenías un moratón para una semana; y si te daban en la boca, los dientes salían volando.

Aquel verano me fui de viaje a Guardamar, un sitio que no sabía ni dónde estaba. Llegar allí fue una odisea: fuimos dos familias enteras en un Seat 132. Íbamos nueve personas en el coche y se estropeó dos veces en el trayecto. Tardamos doce horas en llegar cuando ese viaje se hacía en unas cinco. En aquella época todo era un mundo, pero la gente no tenía tanto estrés como ahora. Cuando llegamos al destino, todo fue felicidad. Ya no importaba lo que habíamos tardado; teníamos varias semanas por delante para disfrutar de la playa. Fuimos con la familia Rodríguez Montesinos —quiero mencionarlos porque seguimos siendo amigos—.

En los años ochenta era típico irse a las playas del Levante. Ese verano fue maravilloso. Recuerdo como si fuera ayer aquella playa llena de dunas. Mi padre y Julio —el padre de mis amigos— se tiraban horas y horas con un rastrillo en la orilla del mar cogiendo coquinas, que yo entonces no sabía ni lo que eran. Íbamos al mercadillo, donde nuestros padres nos compraban bañadores de la marca Turbo bien apretados y las famosas cangrejeras color cagalera que nos poníamos en los pies. Es, sin duda, el calzado más incómodo y feo que he visto en mi vida.

De aquel verano guardo los recuerdos más bonitos de mi vida por dos motivos: primero, porque descubrí qué es la amistad; y segundo, porque pienso que aquellos años maravillosos nunca volverán

Terminado el verano, regresé a Madrid. Por el calor, era habitual ir a las piscinas municipales. Los domingos íbamos a las del Parque Sindical, de las mejores por su tamaño y sus instalaciones. La gente se pasaba el día entero allí. Había una enorme zona de pícnic donde se llevaban neveras llenas de tarteras con comida, además de bebidas de todo tipo, incluidas cervezas y botellitas de whisky para los adultos.

Yo me lo pasaba en grande, porque los niños solo íbamos a las mesas a comer. Eso sí, teníamos que esperar una hora y media para hacer la digestión. Se decía que, si no respetabas ese tiempo, podías sufrir un corte de digestión y ahogarte si nadie estaba cerca. Ahora me da la risa: hoy sabemos que no pasa nada. Pero eran cosas de entonces, cuando no había tanta información y abundaban los mitos y las leyendas.

Pasó el verano y empezó el colegio. Iba solo, aunque tenía ocho años, algo impensable a día de hoy. No había tanto miedo a que te raptaran o secuestraran. Solo tenía que cruzar una carretera pequeña, aunque el peligro estaba ahí. A veces me acompañaba mi abuelo. Por el camino le pedía algún duro —cinco pesetas de las antiguas— para comprarme un caramelo a la salida del recreo, en una tienda de frutos secos, chucherías y gominolas.

En aquella época había una panadería en la esquina de mi portal, donde compraba los bollos para el colegio. Donuts de azúcar y de chocolate, triángulos, palmeras de coco y los siempre presentes Phoskitos, Bony, Tigretón y Pantera Rosa formaban parte del paisaje habitual de aquellos días.

Recuerdo aquel 1982 con mucho cariño.

1983 llegaría con muchos cambios en el barrio.