INTRODUCCIÓN

Te reconozco que se me hace raro estar escribiendo una biografía como si mi historia fuera algo excepcional y digno de ser contado. No sé si lo es, probablemente no, pero sí sé que el hecho de empeñarme en caminar por los caminos que escogí hizo que la vida me diese unas cuantas lecciones que merecen la pena ser compartidas. Mi tiempo solo tiene sentido si lo explicas enmarcándolo dentro de aquello que me apasionó. En estas páginas hay un poco de mí, un poco de las personas con las que me crucé y un poco de una visión legítimamente subjetiva del crecimiento de eso a lo que llamamos hip hop, en especial de la parte que yo he tenido más cerca en el estricto sentido geográfico de la palabra. También de mi evolución como individuo dentro y fuera del movimiento. Este no es un libro de historia; es un libro acerca de mi historia, así que no te voy a contar lo que ha pasado, te voy a contar lo que he vivido. Hablar es pensar en voz alta. Lo que yo voy a hacer en las páginas de este libro es recordar en voz alta.

Empecé a escribir raps para atrapar algunos instantes de mi paso por aquí y solidificarlos en juegos de palabras que puedan servir a otros viajeros como sirven las señales de tráfico, indicando los baches y las curvas cerradas en el camino. Acabé metido hasta el cuello en el hip hop porque cuando yo conocí el rap, si estabas en el rap, estabas en el hip hop. No había otra. Antes no era algo fraccionable. No podías desmenuzarlo y coger solo la parte que te interesaba, era el pack completo o nada.

Hoy en día ya nadie lo pone en duda, pero yo vengo de un tiempo en el que te repetían constantemente que el rap no era música. Las personas mayores nos decían que en eso que hacíamos no cantaba nadie, no había melodías ni armonías en nuestras voces. Muchos rockeros, y esto sí dolía porque se trataba de la generación anterior de jóvenes rebeldes que tuvo el coraje de expresar su rabia cantando y por tanto, nos gustase o no, eran un referente, también estaban en ese discurso porque ¿dónde están los instrumentos? ¿Por qué nadie entona? ¿Y el guitarrista? Estas preguntas en realidad solo eran un parapeto tras el que ocultaban lo que realmente estaban queriendo decir. Que nosotros solo jugábamos a hacer música, pero no estábamos haciendo música en realidad. Sonaba una batería pero no había nadie tocando la batería. Sonaban trompetas, flautas y violines pero no había un solo músico en el escenario. Había un señor tras unos platos y otro que hablaba al ritmo de un beat, definitivamente eso no podía ser música. Yo sabía que se equivocaban pero no encontraba las palabras y tampoco tenía los conocimientos para rebatirlo con argumentos así que casi siempre me daba media vuelta y salía de la conversación frustrado por no saber cómo explicarles que sí era música, para mí la mejor.

Hoy puedo decir bien alto que el rap no es solo música, es mucho más que eso. Es libertad, es calle, es conocimiento y son códigos. Es dar la posibilidad de ser escuchado a quien creció con la mordaza de las clases bajas, la que no te deja pagarte unos estudios de piano o guitarra, la de los padres que te dicen «quítate de la cabeza eso de las canciones». Con el rap podían hacer música todos aquellos a los que no les dejaban estudiar música, te lo dice un administrativo que nunca quiso serlo. El hip hop dio la posibilidad de expresarse a quienes no teníamos medios para hacerlo. Dio voz a generaciones enteras de chavales que estaban condenados a que no se les oyese jamás. Unos contaban su historia rapeando, otros escribiendo en muros, otros pinchando y otros bailando.

Siempre vi en el hip hop algo mucho más grande que un movimiento cultural. Esta cosa rara que hacemos de utilizar un seudónimo los que andamos aquí metidos de un modo u otro, tiene un sentido profundo. Ese AKA es un escudo, un avatar, un personaje capaz de enfrentarse al mundo cuando tú no sabes muy bien cómo hacerlo.

Javier Díaz era un chico tímido, mucho, tanto que se ponía nervioso cuando tenía que hablar en público, se ponía nervioso cuando le sacaban a la pizarra en el cole, se quería morir cuando iba a pedirle salir a la chica que le gustaba de clase. Locus, al contrario, es un animal en el escenario, un tío que se crece si la cosa se pone complicada y más aún si todos los ojos están puestos en él. Nada que ver. Yo, que conozco bastante bien a los dos, puedo decir que Javier le está muy agradecido a Locus por haber cambiado su vida y la manera de enfrentarse a ella. Con los años empezó a haber tanto de Javier en Locus como de Locus en Javier. Ha sido todo un proceso pero...

El hip hop es ese sitio que me dio un nombre y en ese nombre encontré un camino.

CAPÍTULO 1

SETENTAS

No te voy a engañar. Hablar del pasado desde un momento presente que está siendo tan intenso y tan confuso se me hace raro. Tengo que disociarme un poco de la realidad que estamos viviendo para volver al momento en el que aún era un crío y, cuando pienso en ello, se me hace más lejano de lo que esperaba, tanto que da un poquito de vértigo aunque, bien pensado y viendo cómo está el panorama a día de hoy, probablemente sea un ejercicio liberador que me permita evadirme por un tiempo, mientras escribo estas líneas, de las salvajadas a las que nos tienen acostumbrados los telediarios últimamente.

Yo nací en los setenta... entonces el mundo era muy distinto. Visto desde aquí no es que tenga la sensación de venir de otra época, casi tengo la sensación de que vengo de otro planeta. Conservo muchas imágenes nítidas de entonces. Puedo hacerme una foto mental compleja y detallada de aquellos días. Recuerdo cómo el tiempo parecía no pasar tan rápido. Era como si los relojes entendieran que cada momento tiene su importancia. Recuerdo aquella sensación de que, en líneas generales, todos teníamos la ingenua impresión de que estábamos a salvo, de que la humanidad ya no viviría grandes conflictos, epidemias globales o los desmanes de tiranos dementes con la mentalidad de un niñato narcisista. Bendita inocencia.

Recuerdo que el mundo no era un lugar tan contaminado como lo es hoy y no estoy hablando de polución, hablo de que los chavales de entonces no vivíamos con la sensación de que hay un manto de odio y desconcierto que lo cubre todo. Recuerdo cómo mi familia aún no estaba rota en mil pedazos. Recuerdo haber vivido en carne propia un fenómeno rarísimo hoy en día pero relativamente común entonces, lo llamábamos aburrimiento. Eran los putos 70, nadie tenía un dispositivo mágico en su bolsillo agazapado, preparando una emboscada para saltar sobre ti y llenar cada segundo vacío. A veces, si no había nada que hacer, no había nada que hacer. Solo tiempo para descubrir quién eras.

Recuerdo que en aquellos años siempre esperabas tu turno para hablar y se respetaba a las personas sabias por el simple hecho de serlo. Qué locura, ¿verdad? Hablar de respeto por el conocimiento en un momento histórico en el que tenemos que volver a explicar que la Tierra es redonda resulta bastante disruptivo. Recuerdo también las primeras señales de que la humanidad había puesto rumbo a algunos lugares que habitamos hoy.

Mi vecino y compañero de colegio, Javier Castro, uno de los populares de clase, fue el primero del bloque en comprarse un ordenador personal a comienzos de los 80. Se trataba del ZX Spectrum 16k y funcionaba con cinta de casete. Íbamos todos los renacuajos del barrio como en procesión a su casa para ver aquel prodigio de la tecnología. Más tarde mi padre nos compró a mis hermanos y a mí un Amstrad CPC 464. También funcionaba con cinta y hacía el mismo ruido que el de mi amigo al cargar los juegos, era una melodía construida sobre unos pitidos ahogados y sincopados en tres notas que ahora solo se escuchan en algún documental de la época. Lo recreo en mi cabeza y me trae una especie de nostalgia preadolescente que casi me hace cosquillitas en el alma.

En definitiva, se trataba de otro mundo. Uno analógico, quizás algo más humano, en el que los chavales crecíamos marcados por el contacto real con otros chavales y en el que no había un servicio de mensajería para quedar con nadie. Ibas al portal de tu amigo, llamabas al telefonillo y cuando lo cogía su madre tú gritabas: Soy el Javi, ¿se baja el Dani a jugar?

Portada del libro Desde que era un crío

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